Ilustración de una persona mayor con Alzheimer y su familiar avanzando desde un antiguo laboratorio hacia un futuro clínico, guiados por una brújula.

Alzheimer: regreso al futuro

Hay una pregunta que me hacen más que ninguna otra, y casi nunca con esas palabras. Se formula de lado, al final, cuando la persona ya se está poniendo el abrigo:

«Doctor, ¿esto va a ir como lo de mi madre?»

Es una pregunta sobre el futuro hecha de pasado. Quien la formula ha visto una enfermedad entera, de principio a fin, en alguien a quien quería. Sabe cómo termina. Lo que quiere saber es si la historia se repite.

Durante casi toda mi vida profesional, la respuesta directa era incómoda. Diagnosticábamos cada vez mejor y no podíamos hacer casi nada con el diagnóstico. Afinábamos la puntería sobre algo que seguía su curso con absoluta indiferencia hacia nuestra precisión.

Eso ha cambiado. No del todo, no para todos, y no de la manera espectacular que a cualquiera nos gustaría. Pero ha cambiado de una forma que merece explicarse bien, porque el ruido que rodea a esta noticia —entusiasmo desmedido por un lado, escepticismo desdeñoso por el otro— deja a quien está en medio sin saber qué pensar.

Para explicarlo, permítanme retroceder. Bastante más de 40 años.


Un policía de Oxford

Febrero de 1941. Un agente llamado Albert Alexander agoniza en la enfermería de Oxford: una herida se le ha infectado y la infección lo está matando. En aquel momento, eso no tenía matices.

Le administraron una sustancia experimental que un equipo de la universidad acababa de conseguir purificar en cantidades minúsculas. La mejoría fue tan rápida que asustó. Y entonces se acabó. Habían fabricado lo justo para unos días; llegaron a recuperar el fármaco de su propia orina para reinyectárselo. No bastó. Alexander recayó y murió. La penicilina funcionaba. Simplemente, no había.

Cuento esta historia porque casi todo el mundo recuerda la penicilina como un triunfo, y lo fue, pero su primer paciente murió por falta de existencias. Entre ese lecho de Oxford y una caja de amoxicilina en cualquier farmacia de barrio hay cuarenta años de ingeniería, dinero, fracasos y paciencia. Lo que hoy nos parece trivial empezó siendo escaso, carísimo e insuficiente.

Sostengo que en el Alzheimer estamos en un punto parecido. Pero hay un paralelismo más exacto, y mucho más reciente.


Marzo de 1987

La agencia estadounidense del medicamento aprueba el primer fármaco contra el VIH. Se llama AZT y llega tras la revisión más rápida de su historia hasta entonces. La gente se moría y no había nada.

Conviene recordar cómo era aquel fármaco, porque la memoria lo ha suavizado.

Era tóxico: uno de cada cuatro pacientes desarrolló anemia grave y uno de cada cinco necesitó transfusiones repetidas. Era carísimo: al salir al mercado se convirtió en el medicamento más caro jamás comercializado, con protestas en la calle y acusaciones de lucrarse con una epidemia. Y su beneficio era modesto y discutido: en 1993, el mayor ensayo realizado hasta la fecha concluyó que en personas todavía sin síntomas no prolongaba la supervivencia. Un mazazo.

Si alguien hubiera hecho balance aquel año, el veredicto habría sido demoledor: un fármaco ruinoso, mal tolerado, de eficacia dudosa, aprobado con prisas.

Tres años después, en 1996, se presentó la terapia combinada. Juntando varios fármacos —el AZT entre ellos— se conseguía lo que ninguno lograba solo. La mortalidad se desplomó en meses.

Hoy una persona con VIH diagnosticada a tiempo toma una pastilla al día y vive lo que cualquier otra. A los más jóvenes les cuesta imaginar que aquello fuera, hace nada, una sentencia.

Lo decisivo no es que el AZT fuera bueno. No lo era. Lo decisivo es que fue el primero que hacía algo, y que demostró que la enfermedad podía tocarse. Todo lo demás vino después, y vino porque aquello señaló el camino.

Ahí es exactamente donde estamos ahora.


El balance, sin adornos

Voy a hacer el balance con la misma claridad con la que acabo de repasar 1987, porque este texto no sirve de nada si suena a folleto.

Los nuevos tratamientos antiamiloide son los primeros fármacos que modifican el curso de una enfermedad neurodegenerativa común, y no solo maquillan sus síntomas. Había precedentes en enfermedades raras de causa genética conocida, pero nunca en una que afecte a decenas de millones de personas y cuyo origen no sepamos señalar con un dedo. Llevamos un siglo describiendo con enorme finura enfermedades que no sabíamos frenar.

Ahora la parte incómoda.

  • Frenan el deterioro alrededor de una cuarta parte a lo largo de dieciocho meses. No lo detienen. No recuperan lo perdido. No curan.
  • Tienen efectos adversos reales que obligan a un seguimiento estrecho con resonancias periódicas.
  • Solo son aplicables a una minoría de las personas con Alzheimer: quienes están en fases iniciales, cumplen criterios estrictos y no tienen contraindicaciones.
  • Son caros y en España no están financiados por el sistema público, lo que introduce un problema de equidad que no se puede disimular: hoy accede quien puede pagarlo.
  • Y hay científicos serios —una revisión Cochrane reciente, entre otros— que sostienen que el beneficio clínico es demasiado pequeño para justificar todo lo anterior. Otros, igual de serios, discuten esa lectura.

Todo eso es verdad a la vez. Y todo eso se dijo, punto por punto, en 1987.

La diferencia entre un escéptico razonable y yo no está en los datos, que son los mismos para ambos. Está en qué se cree que significa un primer paso.


Por qué ahora todo parece tan complicado

Antes, diagnosticar un Alzheimer era una consulta, una exploración y quizá un escáner. Ahora hablamos de biomarcadores en sangre, genotipos, resonancias con protocolos específicos y tomografías con trazadores impronunciables. Es normal desconfiar: si es tan sencillo verlo, ¿a qué viene tanta prueba?

Viene a que ahora hay algo en juego.

Cuando el diagnóstico no cambiaba el tratamiento, equivocarse costaba sobre todo disgustos. Ahora equivocarse significa administrar durante año y medio un fármaco caro y con riesgos a alguien que nunca tuvo la enfermedad. O no ofrecérselo a quien sí podía beneficiarse.

Cada prueba que parece un exceso es una pregunta cuya respuesta cambia lo que se hace después. La medicina se complica cuando empieza a poder hacer algo. La sencillez de antes era la sencillez de la impotencia.


Para quien llega tarde

Este es el apartado que me costaba escribir, y probablemente el que más importa.

Una buena parte de las personas que leen esto no va a poder acceder a estos tratamientos. Porque la enfermedad ya está avanzada, porque hay contraindicaciones, porque el diagnóstico llegó cuando llegó. Decirles que se abre una era mientras se les cierra a ellos la puerta tiene algo de cruel, y no quiero pasar por encima de eso.

Así que déjenme decir tres cosas, sin adornos.

La primera. Que un fármaco no esté indicado no significa que no haya nada que hacer. Es una frase que se repite tanto que ha perdido peso, así que la concreto: tratar bien el dolor que nadie ha explorado, revisar una medicación que enturbia más de lo que ayuda, corregir una hipoacusia que estaba aislando a la persona del mundo, ajustar el sueño, ordenar el entorno, sostener a quien cuida antes de que se rompa. Nada de eso sale en los titulares y todo eso cambia cómo se vive un año. Lo he visto suficientes veces como para no decirlo por cortesía.

La segunda. El tiempo de una persona con una enfermedad avanzada no es tiempo de descuento. Es tiempo. Sigue habiendo días buenos, conversaciones que merecen la pena y presencia. La medicina moderna tiene una tendencia perversa a valorar únicamente lo que puede medir, y lo que ocurre en esos meses no cabe en ninguna escala.

Y la tercera, que es la que a mí me sostiene. Las personas que hoy participan en ensayos clínicos —muchas de ellas sabiendo que el resultado llegará tarde para ellas— están construyendo el tratamiento que recibirán sus hijos. El AZT de 1987 no salvó a la mayoría de quienes lo tomaron. Hizo posible lo de 1996. Formar parte de un eslabón no es un consuelo menor: es, literalmente, cómo se ha construido todo lo que hoy damos por sentado.


Para quien podría, pero todavía no

Hay un tercer grupo del que se habla menos y que, en mi consulta, es de los que peor lo pasan: personas que cumplen todos los criterios y que, sin embargo, no pueden empezar ahora. Porque el tratamiento no está financiado y su coste no está al alcance de cualquiera. Porque los circuitos asistenciales son nuevos y tienen sus tiempos. Porque la vida de una familia no siempre permite tomar una decisión de esa magnitud en un mes. Y si esa es su situación, conviene empezar por saber de qué cifras hablamos. Lo he desglosado aparte, fase por fase: el precio de lecanemab y donanemab en España.

Saber que reúnes las condiciones para algo que no puedes alcanzar es una forma particular de dureza, y merece una respuesta menos vaga que «paciencia».

No es un plazo de horas. Los criterios se cumplen mientras la enfermedad permanece en fase inicial, y esa fase se mide en meses o años, no en semanas. Un aplazamiento razonable, con seguimiento, no equivale a perder la oportunidad. Perderla es no volver a mirarlo nunca. Esto tiene una consecuencia práctica: si alguien está en esa situación, lo sensato es mantener el control clínico periódico, precisamente para saber en qué punto está si las circunstancias cambian.

El estudio diagnóstico no caduca. La parte lenta de todo esto no es el fármaco: es confirmar el diagnóstico. Tener ya hecha esa parte —la valoración cognitiva, la confirmación de amiloide, la resonancia, el genotipo— es estar en posición. Si mañana cambia la financiación o cambia la situación familiar, quien tiene el estudio hecho puede empezar; quien no, tarda meses en llegar donde el otro ya está.

Los precios de los medicamentos bajan. No por generosidad, sino por mecánica: expiran las patentes, entran competidores, aparecen formas de administración más baratas, se negocian condiciones. El AZT fue en su momento el fármaco más caro jamás comercializado; hoy el tratamiento del VIH cuesta, en buena parte del mundo, una fracción ínfima de aquello. No sé cuándo pasará aquí ni en qué medida, y desconfío de quien lo asegure. Pero la dirección histórica del precio de un fármaco, una vez deja de estar solo en el mercado, es conocida.

Y las decisiones de financiación se revisan. La que se tomó en España el pasado julio de 2026 no es una losa: es una decisión sobre una evidencia y un precio determinados, ambos susceptibles de cambiar. Las sociedades científicas y las asociaciones de familiares están presionando en esa dirección, y ese es exactamente el mecanismo por el que estas cosas terminan moviéndose.

Mientras tanto, existe una vía de acceso que se menciona poco y que es real: los ensayos clínicos. No están al alcance de todo el mundo ni en todas partes, tienen sus propios criterios y a veces implican recibir placebo. Pero para algunas personas son la forma de acceder a tratamiento y a un seguimiento estrecho sin coste. Preguntar por ellos no cuesta nada.


Para quien tiene miedo

Vuelvo a la pregunta del abrigo. ¿Esto va a ir como lo de mi madre?

La respuesta más sensata que puedo dar es que probablemente no, y por razones que no dependen de ningún fármaco milagroso.

En 2024, la comisión sobre demencia de The Lancet identificó catorce factores de riesgo modificables a lo largo de la vida —entre ellos la hipertensión, la hipoacusia no tratada, el colesterol LDL elevado en la mediana edad, el tabaco, la inactividad física, la diabetes, el aislamiento social y la pérdida de visión sin corregir— y estimó que actuar sobre todos ellos podría prevenir o retrasar hasta el 45 % de los casos de demencia.

Cuarenta y cinco por ciento. Ese número me parece la noticia más subestimada de toda la neurología de los últimos años, y no lleva marca comercial ni cuesta cincuenta mil euros. Un audífono puesto a tiempo, una tensión arterial bien controlada a los cincuenta y una vida con gente alrededor hacen, en conjunto, más que cualquier fármaco disponible hoy.

Poco se habla también de este dato: en varios países de renta alta, la frecuencia de demencia ajustada por edad ha ido descendiendo en las últimas décadas. No porque hayamos curado nada, sino porque las generaciones actuales llegan a la vejez con más años de educación, menos tabaco y mejor control cardiovascular que sus padres. La enfermedad de su madre y la suya no se juegan en el mismo tablero.

Y a esto hay que sumar lo que sí es nuevo: que hoy es posible detectar la enfermedad antes, y que hacerlo abre opciones que hace tres años no existían.


Y no solo el Alzheimer

Queda una consecuencia mayor. Lo demostrado no es que exista un fármaco para el Alzheimer, sino algo más general: que una enfermedad neurodegenerativa puede frenarse retirando la proteína que la provoca. Durante veinte años se discutió si esas proteínas acumuladas eran el motor del incendio o solo las cenizas. Los ensayos han contestado.

Y eso desborda al Alzheimer, porque todas estas enfermedades comparten la misma gramática: una proteína que se pliega mal, se agrega y se propaga. Cambia el nombre —alfa-sinucleína en el Parkinson, TDP-43 en la esclerosis lateral amiotrófica—, no el argumento. Y todo lo aprendido persiguiendo el amiloide, desde detectarlo años antes del primer síntoma hasta retirarlo con seguridad, es un método que ya se está empezando a aplicar a las demás.

No es que se haya resuelto el Alzheimer. Es que probablemente se ha encontrado una vulnerabilidad que permite detectar y ralentizar las enfermedades neurodegenerativas.


Ya estamos en 1987

Algo que se aprende leyendo la historia de mi profesión es que los momentos fundacionales se reconocen mal desde dentro. En 1987 nadie sabía que estaba en 1987. Solo se veía un fármaco carísimo, tóxico, de beneficio dudoso, y una discusión agria sobre si merecía la pena.

Puede que dentro de 20 años esto se recuerde como el comienzo de algo, y que a alguien le resulte tan difícil imaginar nuestra impotencia actual como a los jóvenes les cuesta imaginar el sida de los ochenta.

O puede que no. Puede que los antiamiloide acaben siendo una nota a pie de página y que la solución venga por un camino que hoy nadie está mirando.

Lo que sí sé es que, por primera vez desde que Alois Alzheimer describió aquel caso en 1906, la enfermedad ha dejado de ser algo que solamente se observa. Se ha convertido en algo con lo que se puede pelear, aunque sea mal, aunque sea caro, aunque sea todavía para unos pocos. Y que la puerta que se ha abierto no es solo la del Alzheimer.

Eso, después de más de un siglo mirando, no es poco.

En 1987 nadie sabía que estaba en 1987.

Nosotros tampoco.


Sobre el autor

Este artículo ha sido escrito por el Dr. Rafael González Redondo, neurólogo y director del Centro Neuromédico de Granada. Nace de la experiencia diaria acompañando a personas con problemas de memoria y a sus familias, unida a la revisión crítica de la evidencia científica disponible.

Para profundizar en los aspectos clínicos, puede consultar cómo utilizamos los biomarcadores sanguíneos como pTau217 en el diagnóstico precoz del Alzheimer y nuestra información sobre los nuevos tratamientos antiamiloide.

Los datos de este artículo proceden de las fichas técnicas europeas de lecanemab y donanemab, del informe de 2024 de la Comisión sobre demencia de The Lancet, de los ensayos originales del AZT y del estudio Concorde, y de los resultados publicados de los ensayos en curso en Parkinson y degeneración frontotemporal. La historia de Albert Alexander está documentada en los archivos del equipo de Oxford que desarrolló la penicilina.