Precio de lecanemab-donanemab en el tratamiento del Alzheimer en Espana

El precio de los nuevos tratamientos antiamiloide del Alzheimer

Lecanemab y donanemab: el precio en España, partida a partida.


Hay una pregunta que casi nadie hace mirándome a los ojos. Y casi siempre la formula el acompañante, a media voz, como quien susurra una disculpa:

«Doctor… y esto, ¿cuánto cuesta?»

Es una pregunta legítima, y desde julio de 2026 es además la que decide si un tratamiento autorizado en Europa llegará o no a una persona concreta. Merece una respuesta con números, no un «depende» acompañado de sonrisas.

Este artículo es esa respuesta.

En corto: el precio de lecanemab y donanemab en España no depende únicamente del medicamento, sino también del diagnóstico, de las infusiones periódicas endovenosas en hospital de día, y del seguimiento necesario para administrarlos con seguridad. Sumadas esas cuatro partidas, el coste acumulado durante los primeros dieciocho meses se mueve hoy entre los 60.000 y los 85.000 euros según el fármaco, con mucha letra pequeña.

No trata de si estos fármacos merecen la pena —de eso escribí largo en Alzheimer: regreso al futuro— ni de cómo funcionan, para quién están indicados o qué riesgos tienen, que está detallado en nuestra página de tratamiento antiamiloide. Sería necio confundir valor con precio. En este artículo nos ocuparemos de lo segundo.


Por qué es tan difícil conocer el precio de lecanemab y donanemab en España

Si ha buscado esto antes de llegar aquí, se habrá encontrado cifras que van de veinte a treinta mil euros al año, sin desglosar y sin coincidir entre sí. No es casualidad. Hay tres motivos.

No hay un precio público para el paciente. Las presentaciones autorizadas sí figuran en el nomenclátor español, pero al no financiarlas el sistema público no llevan asociado un precio que permita saber cuánto acabará pagando una familia. Eso depende del precio de adquisición del medicamento y de las tarifas del centro donde se administre. Sí se conocen los precios de otros países europeos, que sirven de referencia razonable, aunque lo que se facture aquí puede no coincidir.

El fármaco no es toda la factura. Ni de lejos. Antes de la primera infusión hace falta un estudio diagnóstico completo y una batería de pruebas para comprobar que el tratamiento es adecuado y seguro en esa persona; y una vez iniciado, controles periódicos que no son opcionales.

«Un año de tratamiento» no significa lo mismo en los dos fármacos. Uno tiene una duración máxima fijada. El otro puede mantenerse de forma indefinida. Comparar precios anuales sin saber eso lleva a conclusiones equivocadas.


Antes de las cifras: cómo leerlas

Son cifras orientativas de agosto de 2026 y no un presupuesto. Ningún centro le va a facturar exactamente esto, y los importes varían de una ciudad a otra y de un centro a otro.

El proceso tiene cuatro fases: diagnóstico, elegibilidad, tratamiento y seguimiento. Cada una tiene sus propias decisiones y ninguna obliga a la siguiente. Se puede parar en cualquier punto.

Muchos pacientes no pagan la suma completa. Es frecuente llegar a la consulta con parte del camino ya hecho: una analítica solicitada por el médico de cabecera, una prueba de imagen de un estudio anterior, un informe de otro especialista. Si siguen siendo válidas, esas pruebas se aprovechan y no se repiten. Basta con traer los informes que ya existan.

Lo que no tiene sentido es adelantarse por cuenta propia. Qué pruebas hacen falta, en qué orden y con qué protocolo es precisamente lo que se decide en la consulta, después de valorar al paciente. Una prueba pedida por libre suele acabar repitiéndose, y entonces se paga dos veces.


El desglose por fases

FaseQué incluyeCoste aproximado
DiagnósticoConsultas de neurología, evaluación cognitiva, analítica general y un TAC o RM cerebral450–950 €
ElegibilidadResonancia cerebral con protocolo específico, estudio genético y biomarcadores que confirmen la enfermedad: pTau217 en sangre, punción lumbar o PET-amiloidehasta unos 3.000 €
Tratamiento (18 meses)El medicamento y las sesiones (quincenales o mensuales) de hospital de día en las que se administra55.000–74.000 €
Seguimiento (18 meses)Controles de imagen, revisiones y analíticas durante el tratamiento1.500–7.500 €
Total60.000–85.000 €

Conviene detenerse en la proporción, porque explica bastante: el medicamento se lleva en torno a cuatro de cada cinco euros. Todo lo demás —consultas, pruebas, infusiones, controles— cabe en el quinto restante. Cuando lea que estos tratamientos «cuestan treinta mil euros al año», le están hablando solo del frasco.

El diagnóstico

Saber qué le ocurre al paciente. Comprende consultas de neurología, una evaluación del rendimiento cognitivo, una analítica general que descarte causas tratables de pérdida de memoria —alteraciones del tiroides, déficits vitamínicos y otras que se corrigen y con frecuencia se pasan por alto— y una prueba de imagen del cerebro, TAC o resonancia.

Conviene no confundirla con la resonancia de protocolo específico que se realiza más adelante, si llega a plantearse el tratamiento: son dos exploraciones con propósitos distintos. Ahora bien, si en esta fase se hizo una resonancia reciente y con las secuencias adecuadas, puede servir también para la siguiente y ahorrarse una prueba.

Es la fase de cualquier estudio de memoria y no compromete a nada. Muchas personas llegan aquí sin haber decidido todavía si quieren plantearse un tratamiento, y es perfectamente razonable.

La elegibilidad

Aquí se decide si el paciente puede recibir el tratamiento, y es donde más varía la factura de una persona a otra. Persigue dos objetivos distintos.

El primero es comprobar que el tratamiento sería seguro en esa persona. Para eso hace falta una resonancia magnética cerebral con un protocolo específico, que no es la misma que se haya podido hacer en el estudio diagnóstico: incorpora secuencias dirigidas a detectar microsangrados y otros hallazgos que contraindicarían el tratamiento. A esto se añade un estudio genético.

El segundo es confirmar que existe realmente patología amiloide en el cerebro, que es lo que estos fármacos atacan. Puede hacerse por tres vías:

  • Pruebas de laboratorio en sangre, como el biomarcador pTau217.
  • Análisis del líquido cefalorraquídeo, obtenido mediante punción lumbar.
  • Medicina nuclear, mediante un PET de amiloide. Conviene precisar que también es una prueba específica, distinta del PET que se emplea habitualmente en otras especialidades y bastante más cara. Si pide presupuesto, nómbrelo con exactitud.

No suelen necesitarse todas. Y ese es exactamente el punto, así que merece un apartado propio.


Por qué el estudio va escalonado

Aquí hay una pregunta razonable que conviene contestar antes de que la piense: si al final me van a hacer todas las pruebas, ¿por qué no las hacen de golpe y acabamos antes?

Porque cualquiera de ellas puede cerrar el proceso, y hacer las demás después ya no cambiaría la decisión.

Algunos ejemplos. Si el paciente toma anticoagulantes, no puede recibir estos fármacos: eso se sabe en la consulta, revisando la medicación, y cuesta cero euros. Si la resonancia muestra determinados hallazgos, el tratamiento queda descartado. Y si el estudio genético revela un perfil de riesgo alto, la autorización europea excluye al paciente.

En qué orden se piden es una decisión que hay que individualizar. Depende de lo que el paciente traiga ya hecho, de su historia clínica, de lo que se sospeche y de consideraciones que van más allá del coste. No hay una secuencia única ni conviene que la haya: la establece el neurólogo para cada caso.

Lo que sí es común a cualquier planteamiento sensato es que el estudio avanza por etapas y se detiene en cuanto una prueba resuelve la cuestión. Por eso descubrir que uno no es candidato puede costar desde poco más de cien euros hasta unos tres mil, según dónde se pare el proceso.

Y esto no es tacañería. Es no someter a una persona a pruebas cuyo resultado ya no va a cambiar nada.


El tratamiento y el seguimiento

El grueso del gasto está aquí, y se reparte entre el medicamento y la sesión de hospital de día en la que se administra, con su material, su personal de enfermería y el periodo de observación posterior.

La frecuencia no es la misma en los dos. Lecanemab se administra cada dos semanas; donanemab, cada cuatro. Eso significa que con donanemab hay la mitad de sesiones y, sobre todo, la mitad de desplazamientos. Para quien vive a una hora del centro y depende de que un hijo pida el día libre, eso puede pesar tanto como el dinero.

Conviene no quedarse solo con eso. El riesgo de ARIA —la alteración cerebral, con inflamación o pequeños sangrados, que obliga a los controles de imagen— fue más frecuente en los ensayos de donanemab, aunque conviene decir que compararlos entre sí es imperfecto: no existe ningún estudio que haya enfrentado a los dos fármacos. En una persona con factores de riesgo de sangrado, esa diferencia puede inclinar la balanza hacia lecanemab aunque exija el doble de visitas. La comodidad y la seguridad no siempre apuntan en la misma dirección, y ponderar cuál pesa más en cada caso es precisamente el trabajo del neurólogo.

Y estos fármacos no se ponen y listo. Requieren controles de imagen periódicos durante el tratamiento, cuyo calendario fija la Agencia Europea del Medicamento, además de revisiones y analíticas. Sirven para detectar a tiempo el ARIA, el efecto adverso característico de estos medicamentos.


El total, y qué diferencia a un fármaco del otro

El coste acumulado durante los primeros dieciocho meses se mueve entre los 60.000 y los 85.000 euros, según el fármaco y según lo que el paciente traiga ya hecho.

Pero esa cifra no cuenta toda la historia, porque los dos tratamientos no terminan igual. Y en uno de ellos, a los dieciocho meses no ha terminado nada.

Donanemab tiene fecha de caducidad. Se mantiene hasta confirmar, mediante una prueba de imagen validada, que el amiloide se ha eliminado, con un máximo de dieciocho meses. Si eso se confirma antes, el tratamiento acaba ahí: suspenderlo a los doce meses deja el coste en torno a dos tercios del total, y a los seis meses en torno a un tercio.

Lecanemab no tiene fecha de fin. La ficha técnica europea mantiene una infusión cada dos semanas mientras el paciente siga en fase inicial y el balance entre beneficio, riesgos y carga del tratamiento siga siendo favorable. Pasados los primeros dieciocho meses el ritmo no baja: el gasto continúa a razón de entre treinta y cuarenta mil euros al año, sin un horizonte fijado de antemano. Eso no significa que no pueda interrumpirse. Se suspende de forma permanente si la enfermedad progresa a fase moderada, y también si aparece un ARIA que lo desaconseje, si no se tolera bien o si el paciente decide parar.

La diferencia entre ambos no es que uno pueda terminar y el otro no. Es que con donanemab el final está fijado de antemano, mientras que con lecanemab depende de cómo evolucione cada paciente. Y responde a que actúan sobre dianas distintas: donanemab se dirige a las placas ya depositadas y, cuando desaparecen, se queda sin objetivo; lecanemab actúa sobre formas solubles que el cerebro sigue produciendo, y por eso puede mantenerse. Si eso es una ventaja o un inconveniente depende de cómo se mire, y no hay ensayos que hayan comparado ambos fármacos de frente.

En cualquier caso, el día que se interrumpe el tratamiento se deja de pagar.

Y cuál conviene en cada caso no es una decisión económica. Hay antecedentes, medicación concomitante y hallazgos de neuroimagen que pueden inclinar la indicación con total independencia de lo que cuesten.

Estas cifras sirven para saber a qué se enfrenta y poder planificar. No para elegir el tratamiento.


Para hacerse una idea de la magnitud

Sesenta mil euros es una cifra que no significa nada hasta que se compara con algo. Una plaza en una residencia privada cuesta en España entre 1.950 y 2.450 € al mes, y en Andalucía entre 1.700 y 2.050 €, según los portales especializados del sector. Con esos precios, dieciocho meses de tratamiento equivalen a entre dos y cuatro años de residencia.

Conviene añadir algo, porque la comparación invita a un salto que no puedo respaldar: nada de esto significa que el tratamiento «se pague solo» retrasando el ingreso en una residencia. Ningún ensayo ha medido el retraso en la institucionalización. Y tampoco son gastos alternativos: una persona en tratamiento puede necesitar cuidados igualmente, y entonces los dos costes se suman.


Lo que ninguna tabla recoge

Un presupuesto cerrado da una falsa sensación de certeza. Antes de comprometerse conviene tener presentes tres cosas.

El tratamiento puede interrumpirse. Un ARIA que obligue a suspenderlo, una progresión más rápida de lo previsto o una mala tolerancia pueden detenerlo en cualquier momento. Nadie está obligado a comprar dieciocho meses por adelantado, y por eso tiene sentido presupuestar por etapas —diagnóstico, elegibilidad, tratamiento y seguimiento—, cada una con sus propias decisiones y abonable por periodos. Es así como lo organizamos en el Centro Neuromédico.

Pueden aparecer costes no contemplados aquí. Una complicación puede exigir atención urgente, ingreso hospitalario, medicación adicional o pruebas fuera del calendario previsto. No están en estas cifras porque no son previsibles, pero existen.

Y el escenario de financiación puede cambiar. La decisión de julio de 2026 de no incluir estos fármacos en el sistema público es revisable, y tanto las sociedades científicas como las asociaciones de familiares están pidiendo que se reconsidere. Nadie puede anticipar cuándo ocurriría ni con qué criterios, pero conviene saber que no parece una situación definitiva.


Una última cosa

He escrito esto porque hoy no es fácil encontrar publicado el precio de lecanemab y donanemab en España, y porque una familia que se plantea un desembolso equivalente a varios años de pensión tiene derecho a saber a qué se enfrenta antes de sentarse en una consulta.

Son estimaciones construidas a partir de mi conocimiento del proceso y de mi experiencia clínica, con las referencias disponibles en agosto de 2026. Son orientativas, no un presupuesto, y se espera que cambien. Tómelas como una fotografía de este momento.

Lo que sí puedo decir es que ninguna familia debería tomar esta decisión a ciegas. Preguntar el precio no es una impertinencia ni una falta de delicadeza: forma parte de decidir bien.

Pregúntelo.


Sobre el autor

Este artículo ha sido escrito por el Dr. Rafael González Redondo, neurólogo y director del Centro Neuromédico de Granada, donde se ocupa del proceso completo: desde el diagnóstico precoz con biomarcadores hasta la valoración y el seguimiento de los tratamientos antiamiloide cuando están indicados. Sobre el sentido de estos tratamientos y el momento histórico en que llegan, puede leer Alzheimer: regreso al futuro.

Para una estimación ajustada a su caso, solicite una valoración.


Fuentes

Ficha técnica de Leqembi (lecanemab). Centro de Información de Medicamentos, AEMPS. CIMA

Ficha técnica de Kisunla (donanemab). Centro de Información de Medicamentos, AEMPS. CIMA

Agencia Europea del Medicamento. Actualización del calendario de resonancia magnética de lecanemab, comunicación dirigida a profesionales sanitarios. EMA, 2025

Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. Informe de Posicionamiento Terapéutico de lecanemab. AEMPS, 2026

Sociedad Española de Neurología. Preocupación ante la decisión de no financiación por el Sistema Nacional de Salud de lecanemab y donanemab. SEN, julio de 2026